lunes, 29 de abril de 2013

LO QUE EL HOMBRE DE LOS MURALES PINTABA BAJO SU ESPÍRITU TAN RESERVADO

La mejor mujer que tuve … uno sesenta o algo más de estatura, una altura muy común en una mujer Española o al menos eso creo o dicen, morena, ojos negros, piel blanca, de unos veintisiete años.
En cuanto la vi lo primero que me llamo la atención, fueron sus ojos, de ellos su color, mirándolos fijamente se podía ver a su alma hipnotizar la totalidad de mi ser, pero no un alma calmada, sino todo lo contrario, un alma embravecida por una fuerte tormenta, una tormenta que haría temblar al màs experto meteorólogo del mundo en un desacierto.
Parecía como si con ellos quisiese penetrar hasta lo más recóndito de mí ser, y hacerme caer a sus pies convertido en su más ferviente esclavo.
Esos dos mares estaban ubicados a cada extremo del más bello paisaje que el tiempo guarda con recelo por la lozanía de las curvas casi perfectas de su piel, piel que le sirve de funda para camuflar la felicidad de una sensual risa con la que podría atrapar a la más temible presa del bosque de la vida.
Sobre ellos las cejas, que aunque pobladas, perfectamente hechas dibujan los gestos más elocuentes y contorneándose como las olas del mar van dando forma a la tempestad del tiempo, generando pequeñas ondulaciones de amargura o mansas aguas cuando está llena de felicidad.
Luego me encontraba con un empinado deslizadero que me llevaba en un segundo a recorrer la finura que la naturaleza interpreta cuando sabia se le acredita.
Debajo de ella estallaban de color unos carnosos labios de un fino color que rebotaba en mi prudencia para no controlar la seguidilla de pasiones escondidas que esa figura tan provocativa incendio en mí.
Todo este conjunto de elegantes y sofisticadas descripciones iban acompañadas de unos generosos pómulos que me perdían en el más suave roce que ese par de bellas dunas dignas que solo una reina puede tener.
La cabeza se cubría por unos cabellos negros…
Estos caían a los lados de su cara, cubriendo ligeramente su lado derecho, eran lisos, pero parecían como un poco despeinados, dándole así cierto aire de rebeldía que pervertía siendo cómplice de la seducción perfecta y que acababan cerrándose en el principio de su delgado y fino cuello siempre con ese maravilloso olor, que desde esos tiempos no he olido.
Vestía muy elegante, pues es una mujer de mundo pero que a la larga conquistó mi mundo con esas blusas o vestidos escotados que pervertían mis sueños pero que siempre respete.
Tenía calzados unos zapatos de tacón alto que hacía que sus piernas fuesen aun más esbeltas, pero fuera de todo ese maravilloso desfile de palabras elegantes y bien cuidadas y la procesión de rasgos tan casi perfectos estaba un corazón muy bello del que yo me enamoré y ella también…
Hace un tiempo la encontré otra vez… y no saben qué? …. Me enamoré
                                                         Fin



                                                                                     José Manuel Ramos Aliaga

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